Alfredo Castañeda lleva mi nombre

Alfredo Castañeda nació en la ciudad de México en 1938 y ya tenía barba en su más tierna infancia. Castañeda fue náufrago en una isla desierta y después se hizo pirata en los Mares del Sur. Su silueta aparece en una antigua edición de las obras completas de Cervantes y una vez que le estiraron la piel apareció el mapa de la Atlántida. Castañeda se multiplica y se convierte en orquesta, en sixtillizos con pata de palo y comparte portadas de libros eruditos con René Magritte.

Alfredo Castañeda es la “sanación en un mundo de arrebato y extenuación; una suerte de alivio frente a la locura de un tiempo cultural que se supedita a las maniobras del espectáculo y el ruido”, según Andrés Isaac Santana, curador de la exposición retrospectiva sobre este autor mexicano que puede visitarse en el Museo de Ciudad Real hasta el 20 de agosto de 2017. Museo de la Merced. Primera planta a la izquierda.

En la exposición podemos encontrar a muchos otros que llevan todos el nombre de Alfredo Castañeda. Casi todos se llaman así, salvo alguna Hortensia escondida. Todo parece tan solemne, con palabras tan grandes, que por momentos te sientes inmerso en un divertimento de proporciones gigantescas. Castañeda, o ese señor barbudo, también se retrata como un Cristo de pan de oro en las tapas de una Biblia figurada. En las paredes, los textos comparan su obra con una especie de nuevo Evangelio de San Juan desconocido.

Viajé. Perdí. Olvidé. Dejé. No ví. El otro Castañeda se aparece por todos sitios de una manera casi obsesiva. Hay señores con barba por todos sitios y el visitante no puede dejar de evocar aquella serie de fotografías en las que un gnomo de jardín se fotografiaba en los rincones más insospechados del mundo. Se aparecen de una manera solemne y rodeados de palabras solemnes. En la presentación de la exposición podemos leer que “por ese instinto, por ese estado de superficie, se asocia su iconografía a la densidad del surrealismo fantástico. Sin embargo, si observamos en detalles su hacer, no resultaría del todo equívoco considerarle un artífice del realismo”.

Durante todo el recorrido, oscilas entre pensar que te encuentras en mitad de una broma gigante o que hay algo mucho más trascendental que no acabas de entender. “Trascendemos en aquello que construimos”. “Permanecemos en la infinita textura de nuestra obra”. “Vivimos allí donde no estamos”. “Morimos sólo como resultado de una construcción o de un accidente”, puede leerse en el folleto. Miras alrededor y no entiendes nada.

Pero cuando empiezas a pensar que tu cerebro está rozando la estupidez, descubres una pequeña obra donde la cara del señor de barbas es pequeño. Solemne barbudo con cuerpo de bebé. Se títula “Infancia no vivida”. Captada la broma, te dejas llevar y sabes que el señor de barbas también eres tú. Entonces vuelves al principio. Ves la misma exposición, pero ya es una exposición distinta. Ya no hay cuadros. Estás solo en la sala y lo que ves es tu propio rostro barbudo reflejado en los espejos que cuelgan de las paredes.

 

Alfredo Castañeda. El otro que lleva mi nombre.

Museo de Ciudad Real. Convento de la Merced.

Hasta el 20/08/2017

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