Pero, ¿cómo es posible? ¡viviendo en Cuenca y que no conozcas a Antonio Saura!

Fragmento de la entrevista “Todos los espacios y todos los tiempos…. Una conversación con Gustavo Torner”, realizada por el Director del Departamento de Exposiciones de la Fundación Juan March, en varias sesiones a lo largo de los meses de mayo y junio de 2006, publicada en La Ciudad abstracta. 1966: el nacimiento del Museo de Arte Abstracto Español. Cuenca, Fundación Juan March, 2006.

Tu primera exposición. Óleos, pintura figurativa, en Cuenca…

Fue un éxito, el mayor éxito que he tenido en mi vida… quiero decir, de ventas: se vendió casi todo, incluso algunas cosas que tenían una tendencia ligeramente surrealista… Pero todo aquello, todo lo que había allí expuesto, yo era consciente de que no lo hacía con interés; vamos a ver, con interés, sí, pero queriendo hacer una obra de arte…

El poema de Parménides y los fragmentos de Heráclito…

Elegí nueve fragmentos, y después de elegidos por mí, él los volvió a traducir directamente del griego… él fue profesor de griego en la Pontificia de Salamanca y yo le había conocido en Alemania mientras hacía la tesis doctoral sobre el tema de “Apolo en el arte”: estuvo diez años recorriéndose todas las bibliotecas y todos los museos de Europa… pero vuelvo a la botánica, a Durero y la pintura. Cuando hacía Montes, el profesor Ceballos se dio cuenta de que yo tenía ciertas habilidades que no tenían los otros compañeros, y me recomendó hacerme con un encargo, y es que se estaba haciendo una nueva edición de la Flora forestal de España, que se había editado en 1884 y estaban buscando un pintor y tenía que saber algo de botánica. Lo acepté y me mandaron a Cercedilla a hacerlo. A eso venía la referencia a Alberto Durero, al trozo grande de césped… que yo admiraba; luego, en mi obra hay lo que los compositores llaman una opera prima, que no quiere decir que sea lo primero que han hecho: un cuadro de los que me parece que tiene el Reina Sofía, que mide un metro veinte y es una piedra triangular en el que ya hay una cierta abstracción, porque tiene los bordes de un violeta muy oscuro y están pintados líquenes, como si fuese un paisaje a tamaño natural, que es lo que yo entiendo ahora como “paisaje de área restringida”. Esas cosas las comienzo yo en Cuenca en esa época, paisajes más o menos tradicionales, pero en los que ya no había horizontales, sino verticales… Dicho con lenguaje cinematográfico: como si yo hubiera hecho un travelling acercándome a esos paisajes y llega un momento en que los hago a tamaño natural. Luego hice cuadros cuyo soporte tenía algo de arena, que un galerista de París calificaba de “trop physique”. Después hice cuadros cortados con el metal, con la intención de mostrar algo que no estaba completo, que a la parte muy física le faltaba una cosa… una cierta complementariedad que yo no sabía qué era, y en ese plan están hechos esos cuadros en los que la parte complementaria puede ser negra del todo, o blanca, como sin tocar todavía, o en oro en el sentido bizantino del oro… el del oro del paraíso y de la divinidad o de lo que quieras… Pero esto fue más tarde: vuelvo a Cuenca, al 55.

De acuerdo: de nuevo en Cuenca, en 1955…

…y en la exposición. Ocurrió que, como en todos los sitios –también en Cuenca– siempre hay un señor en esas ocasiones que sabe un poco de arte, etc., etc. En este caso era un médico, que se parecía mucho, físicamente, a Ortega y Gasset: era casi como si estuvieses viendo a Ortega. Y se me acercó y me preguntó “¿tú conoces a Antonio Saura?” Y le digo: “no”. “Pero, ¿cómo es posible? ¡viviendo en Cuenca y que no conozcas a Antonio Saura!” ”

Y te presentó a Antonio Saura, claro.

Y me presentó a Antonio Saura. La exposición había sido en primavera, y ya en verano le comenté a Antonio un día que en mi casa había algunos muebles antiguos hechos en la provincia, del siglo XVIII, y le dije que podía venir a verlos y todo eso, y que le invitaba a una copa o una merienda, y así empezamos a vernos. Me invitó él luego a cenar a su casa, y me encantó conocer a su mujer. Recuerdo que me sorprendió muchísimo que estuviera ayudándole (estaba clavando clavos, y en aquélla época las mujeres no clavaban clavos) y, también, que se olvidaran de que no había nada para cenar, lo que, en vez de hacerme mal efecto, me pareció muy bien, porque yo no había ido allí para comer, sino para estar con ellos, y me pareció mucho mejor que Antonio tuviera la cabeza en otro sitio, y que estuviera en ese sitio pintando y leyendo, que acordándose de la “comidita” que tenía que dar a Gustavo Torner…

¿Eso también sucede en el 55?

Eso es también en el 55. A partir de entonces empezamos a tratarnos, y Antonio empieza a venir, yo creo que casi todos los días, a casa, una hora como mínimo o dos o tres…

Porque tú habías vuelto a Cuenca, desde Teruel, en el 52.

Sí. Cuenca, en mitad del monte, era buen sitio en términos económicos, porque entonces se cobraba según trabajáramos, y Cuenca es la provincia con la mayor superficie de bosque de España, así que estaba bien; estaba además mi familia, mi madre, porque mi padre había muerto en el 33. Pero tampoco me apetecía todo aquello como meta vital y entonces, claro, se conoce que rompí a pintar e hice la exposición.

Entonces “rompes a pintar”, como dices, en el 55…

Bueno, en Teruel intenté pintar y no me salía bien y entonces rompí pinceles y dije: “nunca más en la vida”; y luego me hice un autorretrato que, claro, no estaba nada bien, pero teniendo en cuenta que no había estudiado ni hecho nada, nada, nada, nada… no estaba tan mal: había “parecido” y había “postura”; y luego, pues hice algunas flores, un regalo de bodas, hice “dibujos a plumilla con fondo de acuarela, como si fuesen grabados y cosas de memoria… pero no, no hice óleos en Teruel, no pinté.

Volvamos a tu trato con Antonio Saura. Después de ese encuentro en 1955, os veis con mucha frecuencia en tu estudio.

No, yo aún no tenía estudio, entonces tenía casa. Mi madre le quería mucho a Antonio, porque decía que lo había pasado muy bien con él, esas cosas de las madres… Pero en el 60 me hago ya el estudio arriba, y es entonces cuando Antonio viene todos los días: había días que no hablábamos nada, había días que poníamos una ópera y la escuchábamos durante tres horas y después se marchaba, y otras veces era yo el que iba a su casa. ”

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