Miquel Fuster, dibujante con techo

Quince años en la calle dan para muchos miedos. Dan también para aprender a vivir con él. Pero lo que nunca aprendió Miquel Fuster fue a convivir con el frío y con la postración y una humildad obligada llevada hasta el extremo. Una convivencia que sólo se soportaba si se ahogaba en calimocho. Miquel Fuster, el dibujante que a pesar de todo nunca dejó de serlo, aunque ya nadie se acordara.

Miquel Fuster se parapeta tras una gorra inmaculadamente blanca. Una blancura casi chillona que anuncia que ya no se mancha con el suelo de los cajeros o de los parques. Esconde los ojos bajo la visera y habla de su experiencia en la calle con la voz de aquel que necesitó buscar en lo más hondo de sus genes los instintos que le permitieran sobrevivir en la calle. Dormir con un ojo abierto y siempre preparado para salir corriendo del peligro. Vivir con los zapatos puestos. Esos instintos que te hacen distinguir a los que vienen a venderte la moto y a los que quieren comprarla. Saber que quien tiene vino tiene amigos, pero que un amigo puede convertirse en segundos en tu peor enemigo cuando se acaba el vino.

No fui capaz de asomarme bajo la gorra y preguntar por su historia. No sé las razones por las que Fuster pasó de dibujante de éxito a bulto sospechoso. En el fondo creo que nos da pánico saberlo. Saber que es una historia tan posible.

No sé cómo llegó a la calle pero sé que salió de la mano porque alguien de la Fundación Arrels lo esperaba. Hoy sus dibujos atormentados y llenos de fantasmas. Toman vida propia. Son dibujos vividos y sentidos. Sus viñetas están pobladas de fantasmas que acechan en sus noches. Pase el tiempo que pase, la resaca de esa borrachera eterna sigue poblando cada trazo y cada palabra.

También buenas gentes en sus viñetas, pero las malas gentes nos hacen sangrar la nariz. Miquel Fuster no cuenta su historia con odio, sino con incredulidad. Sigue sin entender a las malas gentes que hacen daño al débil, ahí dónde más les duele, en la dignidad. Esos adoquines en el alma tienen difícil curación.

Esconde sus ojos porque sabe que no seríamos capaces de soportar la mirada, pero muestra las manos huesudas y creadoras que dibujan en el aire al ritmo de su voz. Miquel no necesita apuntes para trazar su historia. La dibuja una y otra vez porque las palabras no le bastan. Afortunadamente, Miquel Fuster tiene sus dibujos para narrar su historia y la de tantos otros a los que sirve de voz y de mano, porque allí afuera hay muchos seres humanos. Y los demás andamos en el adentro sin saber que el adentro y el afuera están a tan sólo un golpe de distancia. Quizá sea ese fatalidad la que esconden sus ojos. Quizá sea por eso por lo que los esconde tras la visera. Quizá sabe que nos produciría terror descubrir que estamos tan cerca del afuera. Miquel, y la Fundación Arrels, saben que ese terror sólo podrá superarse cuando no haya un afuera. Y entonces Miquel dejará de vivir con pesadillas en las que tras los adoquines no hay playa sino dolor.

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Puedes saber más sobre Miquel Fuster en el blog miquelfuster.com, 15 años en la calle. Sobre la fundación Arrels en arrelsfundacio.org

Conocimos a Miquel Fuster y a Juan Lemús de la Fundación Arrels gracias a la Facultad de Trabajo Social de Cuenca (UCLM).

Fotografía de Nereida Piñuelas

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