Rocío Márquez y la Cuenca Mágica

El flamenco se mira al ombligo y cuenta sus purezas por quilates. Los ajenos lo miramos desde fuera, conscientes de nuestras ignorancias e impurezas. Otros lomiran como un fenómeno destinado a expertos o turistas japoneses, no siempre en ese orden.

Entonces es cuando por azares acabamos en un concierto de Rosalía, el Niño de Elche o Rocío Márquez y nos descubrimos como niños sorprendidos y maravillados. Miramos y oímos sin conocer los palos ni las purezas. No somos flamencos ni tenemos oído para serlo. Omega nos quitó los prejuicios, Morente nos conquistó, Camarón nos quemó y una palabra de Félix Grande sobre el duende flamenco nos hipnotizó.

Algo así vivimos en Estival Cuenca en dos mil dieciseis con Rocío Márquez. El cuadro flamenco de Virginia nos acompasó el alma y fue preparando a las hoces del Huécar para lo que estaba a punto de pasar. Cayó la noche sobre Cuenca y el firmamento estaba a punto de fundirse con el niño.

Fotografía: Estival Cuenca

Miguel Cortés y Rocío Márquez se subieron al pequeño pero imponente escenario del Parador de Cuenca. Las luces luneras del Casco Antiguo al fondo. Los árboles de la hoz escalaban como hiedras el puente de hierro. Los humanos ocupábamos el patio de butacas y el resto las plateas.

Con los habitantes de la Cuenca Mágica de Raúl Torres en sus atalayas, los frailes de todos los tiempos en las ventanas y las tropas carlistas abandonando sus armas en el fondo invisible del río comenzó la ceremonia. Vinieron también los que no resistieron la vida y los que con lágrimas en los ojos salvados se dieron una última oportunidad mientras miraban a la cara a San Pablo.

Entonces Miguel Cortés dejó de tocar la guitarra y se hizo guitarra. Rocío Márquez dejó de cantar flamenco y empezó a ser el sonido del alma humana. Cantó canciones antiguas y viajeras, también escuchamos lo que estaba escrito en el firmamento. Y entonces supimos que todo había confluido para que celebraremos juntos este momento. Algo así debió ser el flamenco al principio de los tiempos.

Para que esto ocurriera, para dar una oportunidad a la magia, es necesario que alguien haya cuidado los detalles al máximo, le haya puesto amor, cariño y trabajo. Es necesario que alguien se arriesgue a programarlo y nos lleve de la mano. Entonces es cuando cobra sentido un festival como Estival Cuenca.

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